Fang, a contracorriente

Este blog no quiero que solo sirva para hacer publicidad de un libro, queremos que la historia crezca y que cada uno pueda explicar dar su opinión, sus deseos, sus vivencias o momentos que marcaron su vida con los grupos incluidos en Balas Perdidas. Y quien mejor que los compañeros de esta pequeña gran família que es 66 rpm Edicions para hacerlo. Abre la veda Toni Castarnado (Mujer y música) para recuperar del olvido a una bran banda de Banyoles (Girona): Fang y la hipnótica voz de Mariona Aupí Vilanova.

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Fang, a contracorriente.

Texto: Toni Castarnado

Eran otros tiempos, hablamos de principios de los noventa. Proliferaban las tiendas de discos, eso aún era algo habitual, en casi cada esquina había una, vender esas rodajas que emiten sonidos a través de unos altavoces y que nos saben a gloria todavía era un negocio, el tan reivindicado vinilo estaba a la baja y el único soporte que importaba, salvo para los puristas que ahora con razón sacan pecho, era el compacto. Y había incluso, quien se atrevía a fundar un sello discográfico a partir del impulso de una tienda de discos que entonces era un filón. Pemy de Moby Disk Records en Girona era uno de ellos. Un superviviente que aún tira adelante con el primer negocio que montó. Un héroe, un osado, si bien la música ya no es exclusiva para él, aparte de cine y camisetas, también se pueden adquirir juegos de mesa y otros objetos que antes no tenían cabida en ese espacio. Renovarse o morir. Curiosamente, en los años de vacas gordas yo era un asiduo a la tienda, allí compré algunos de los discos que glosan mi colección.

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A través de uno de los trabajadores de la tienda que era un muy buen amigo mío, conocí ese rincón en Girona que tuvo dos ubicaciones distintas. Yo veraneaba e hibernaba en Platja d´Aro, no recuerdo si aún era un adolescente o si en realidad me faltaba poco para cumplir la mayoría de edad. Por aquel entonces, no solamente existían en ese pueblo costero, conocido por ser el único que abre sus comercios en domingo, tiendas de lujo, discotecas cutres y un turismo difícil de definir; allí también había bares rockeros. Y además unos cuantos. Para nosotros aquella calle era nuestro Sunset Strip particular. En ese recondito lugar me pegué las farras más bestias de mi vida. Todo valía, lo que se puede explicar y lo que no. Cuando el cuerpo no pedía guerra, había tres opciones, en verano la playa y en invierno ir a pegar unos tiros a la canasta de cualquier parque, o bien ir a casa de mi buen amigo a disfrutar de una extensa discografía que algún día yo soñaba con tener a mi alcance -creo que veinte años más tarde he cumplido de obras con ese cometido-, era una buena opción. Ir a Moby Disk era otro entretenimiento. Viví in situ como nacía el sello, ya que entonces había una movida la mar de interesante de bandas que sobre todo bebían del hardcore, la mayoría eran conocidos nuestros, asiduos a la noche, y en el famoso local Atzavara dónde proliferaban personajes de toda clase y procedencia, yo había visto muchos (demasiados) amaneceres. El catálogo del sello empezó a crecer en número, y había una banda en concreto que a mi me fascinaba. Y ellos no hacían ni hardcore, ni punk, ni metal. Era un dúo y cantaba una chica. Algo hacía presagiar que esta fiebre mía por las chicas que cantan no era una casualidad. Mariona Aupí y su compañero Jaume García ponían en marcha un grupo con nombre en catalán pero con letras escritas en inglés. Comparada a perpetuidad con PJ Harvey por motivos obvios, el trip-hop también tenía su qué en Fang.

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Sinuosa, hipnótica, misteriosa, así era la música de este grupo de Banyoles que no admitía comparación dentro de la escena musical de aquí. Tenían un sonido único por aquel entonces, su gran pega era que quizás eran demasiado fríos en directo -les vi al menos cuatro o cinco veces y nunca me hicieron vibrar como en sus discos-, y en cierto sentido la suerte les fue esquiva. Como a otros tantos grupos de esa hornada y de otras tantas generaciones. My Weakpoint en 1996 era su primer disco, una tarjeta de presentación sin tacha, y dos años más tarde My Black Dress era el objeto de deseo que parecía destinado a que triunfasen por todo lo alto, una buena promoción, la prensa atenta a sus movimientos, una imagen correcta, y un álbum con piezas que podían encajar en audiencias distintas. Sin embargo, esta vez tampoco ocurrió. Con Monsters fueron a la desesperada, era su última carta. Todavía tenían otra que podían utilizar: el cambio de idioma. Pero ni así. Dos Vidas, que por otra parte tenía una calidad enorme, quedó como un paladín que disfrutaron unos cuantos afortunados. Nacieron como una rareza, se fueron sin hacer ruido cuando ya nadie les echaba de menos, y aunque ha pasado tiempo desde su huida a un lugar desconocido metido entre arbustos y alejado de ese asfalto que no les comprendió, sus cuatro discos aún aguantan muy bien el paso del tiempo. Escucha como palpitan los cinco minutos de “My Black Dress”. Esa voz a cargo de Mariona Aupí nos sigue encogiendo el corazón.

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